Memoria de la crisis, ni olvido ni perdón
La caja negra de la crisis muestra en perspectiva la
larga marcha de un capitalismo senil que, abocado a clausurar la fase de
Estado de Bienestar (simple fachada de la sociedad de consumo) para
reiventarse, logró clonar las estructuras políticas de la
socialdemocracia a fin de derogar las conquistas democráticas sin costes
de transacción con los agentes sociales.
Rafael Cid, Enviado por Rojo y Negro_Digital el Mié, 13.02.2013.
Esta es la historia del nuevo “compromiso histórico”, la
razón oculta (razón de Estado) que hace que PP y PSOE compitan en
corrupción con nuestro dinero valiéndose de su status público. Porque lo
que nos pasa tiene mucho que ver con el hecho de que desde hace décadas
derecha e izquierda son sólo las banderas de conveniencia con que se
etiqueta la alternancia en el poder del capitalismo de Estado.
Hay un dicho del activismo más épico, muy popular en
estos tiempos de necesaria y solidaria autoayuda, que reclama no
retroceder jamás, “ni para tomar impulso”. Sin embargo, los hechos
políticos rara vez pueden interpretarse en toda su complejidad desde el
presentismo. La perspectiva, un mirada por el espejo retrovisor de la
historia, es lo que permite calibrar la verdadera dimensión de los
acontecimientos. De ahí que para entender la gravedad sistémica de la
actual crisis en toda su dimensión sea imprescindible mirar más lejos,
reflexionar, regresar hacia ese punto de ignición donde implosionó el
gulag financiero.
Ese momento dura ya casi medio siglo. Data de 1971,
cuando un Richard Nixon presidente de la nación más poderosa del
planeta, abrumado por el coste de la guerra del Vietnam, rompió con la
convertibilidad del dólar en oro, una de las claves de Los Acuerdos de
Bretton-Woods de 1944, junto a la creación del Banco Mundial (BM) y el
Fondo Monetario Internacional (FMI). La medida, que fue seguida de una
devaluación de la moneda para ganar competitividad en los mercados
exteriores, suponía de hecho el arranque de una “refundación” del
capitalismo made in EEUU. Luego, este hecho histórico se vio magnificado
cuando en 1973 se desató la crisis del petróleo provocada por el brusco
aumento de los precios impuesto por los países productores agrupados en
un mismo bloque bajo las siglas OPEP.
El tropiezo de la superpotencia en la esfera
internacional se mantuvo larvado algunos años gracias a la entrada en la
banca norteamericana de ingentes cantidades de dinero (petrodólares)
procedente de las ganancias obtenidas por los dueños del crudo, jeques
árabes en su mayoría. Aunque ese maná sobrevenido permitió solapar
momentáneamente las dificultades de la economía del Tío Sam, no frenó la
estrategia para la creación de “un nuevo orden”, urdida a conciencia
por el complejo militar industrial (el pentagonismo) y las grandes
finanzas, para que el capitalismo recuperara su status global.
Comenzaba la “revolución conservadora”, la revolución de
los ricos, aunque como profilaxis sus primeras ráfagas fueron para
sofocar los reveses de la caída de dictaduras amigas, como la portuguesa
de Salazar y la de los coroneles griegos, ambas en 1974. El golpe de
Estado contra el Chile de Allende en 1973, el de los militares
argentinos en 1976 y el oscuro asesinato de Aldo Moro en 1978, el líder
político que postulaba en Italia un gobierno entre la Democracia
Cristiana y el Partido Comunista (el llamado “compromiso histórico”),
forman parte de ese cordón de seguridad desplegado por la “pax
americana” en el proceso de transición de un capitalismo tradicional,
asentado mayoritariamente en la gran industria productiva, a otro de
carácter eminentemente bancario-financiero. La criminal respuesta de la
megapotencia demostraba que el capital monopolista de Estado no estaba
dispuesto a que su “democracia liberal” fuera utilizada como pértiga
para alcanzar el poder con programas de izquierda transformadora que
movilizaran a la clase trabajadora. En lo sucesivo la represión pura y
dura daría paso a la “tolerancia represiva” que Herbert Marcuse teorizó
como paradigma de la gobernanza placeba en la sociedad de consumo.
El cambio de agujas en la dirección de capitalismo de
fachada democrática empezó a ejecutarse con la llegada a la Casa Blanca
de un actor de Hollywood en 1980, el fotogénico Ronald Reagan. Todo lo
que los “hombres de negro” de aquel tiempo habían diseñado para su
relanzamiento tomó cuerpo bajo aquella mediática presidencia. En
sustancia una mezcla de medidas privatizadoras y de intervencionismo
estatal. Porque una de la ficciones que cierta izquierda maneja como un
mantra aduce que “el neoliberalismo” supone indefectiblemente
desregulación y que, por contra, la salida progresista de la crisis pasa
por “volver” a un mayor control gubernamental. Es un error garrafal que
nace de una interpretación fetichista del concepto Estado. El
pensamiento único entre las diferentes corrientes ideológicas surgidas
del marxismo, desde la socialdemocracia de gabinete hasta el comunismo
de cátedra, pretende que el aparato estatal es sobre todo una
herramienta de socialización y prosperidad. Mientras, se asimila
mecánicamente a la derecha como enemiga natural del aparato estatal.
La era Reagan constituye la prueba fehaciente de lo
equivocado de esta simplificación. Lo que se ha conocido como
“reaganomics” era una mezcla de saldo de lo público en favor de lo
privado en sectores rentables, utilización de los recursos sociales para
financiar las inversiones de las corporaciones y uso del poder del
Estado y de su buena imagen para garantizar el cumplimiento del proceso
de dominación y explotación. Ora desregulando, ora regulando, según
convenga al núcleo duro del capitalismo internacional. Lo dejó patente
Reagan cuando militarizó el tráfico aéreo en respuesta a una huelga
“salvaje” de los controladores aéreos. La deificación del Estado desde
la izquierda homologada tiene su consecuencia más perversa en ese cajón
de sastre que unifica sin matices ni distingos el mercado, lo público y
lo estatal. El gobierno Reagan hizo perfectamente compatible el anatema
de implantar una radical desregulación financiera y a la vez acometer un
vasto incremento del gasto público, aunque en buena medida se tratara
de un “keynesianismo militar”.
El segundo acto de esa refundación capitalista en el
odre del neoliberalismo se plasmó en la Inglaterra de Margaret Thatcher,
y sus consecuencias se dejaron sentir en toda Europa como un tsunami.
La tigresa conservadora ahondó en la herida abierta por el reaganismo,
actuando con contundencia en dos direcciones simultáneas: privatizando
al máximo el parque de empresas públicas estratégicas y erosionando el
poder de los sindicatos (trade unions) en el ámbito del mundo laboral.
Incursionando en ambos frentes, Thatcher produjo una auténtica
planificación de la desigualdad con la excusa de expandir la democracia y
el crecimiento económico. Monopolios públicos naturales como el gas, el
agua y la electricidad pasaron a manos privadas; se redujeron
drásticamente las inversiones en educación y vivienda y se revirtió la
progresividad tributaria con una escalada de los impuestos indirectos y
un desplome de los directos. Lo realmente chocante de esta ofensiva, es
que con ser tan patente su devastador carácter antisocial y
reaccionario, la izquierda continental, lejos de refutarla, optó por un
seguidismo que culminaría en la adopción de una suerte de realpolitik
denominada “Tercera Vía”, que de hecho representaba su colonización por
las ideas de la revolución conservadora. En España, siempre a la zaga en
la recepción de lo foráneo, esa escuela del social-liberalismo no
desembarcaría plenamente en el PSOE hasta el año 2004 de la mano de la
Nueva Vía de José Luis Rodríguez Zapatero. Aunque, ya metido en harina,
el joven dirigente socialista emularía a Reagan militarizando a los
controladores y a Thatcher adoptando su paradigma fiscal con el eslogan
“bajar los impuestos es de izquierdas”.
Pero el gran big-bang de la revolución de los ricos
llegó en la década de los noventa por la conjunción de dos
acontecimientos europeos con epicentro en Alemania: la Reunificación
alemana de 1990 y la creación de la Unión Monetaria en 1999. Todo eso
bajo el síndrome de la súbita desintegración de la Unión Soviética
(URSS) en el periodo 1989-1991 y su modelo político-económico
alternativo de socialismo de Estado. Este cisma fue el hecho
trascendental que permitió pisar el acelerador a su rival ideológico y
proclamar “el fin de la historia” como culminación del neoliberalismo.
Entrábamos en la postmodernidad y con ella en lo que el filósofo
Jean-Francois Lyotard definió como “el final de los grandes relatos”.
No sin cierta lógica, en un mundo que parecía haber
perdido sus referencias ideológicas (el fin de la historia en realidad
metaforizaba el final de la lucha de clases), sería el mayor partido
socialdemócrata de occidente quien llevaría la batuta de esa refundación
del capitalismo en el mejor de los mundos posibles. El protagonista del
volantazo fue el SPD del camarada Gerhard Schröder con la inestimable
ayuda de Los Verdes del sesentayochista Joschka Fischer, y aún a costa
de la escisión encabezada por el presidente del partido y ministro de
Finanzas, Oskar Lafontaine, opuesto a las políticas neoliberales del
equipo gobernante. ¿En este sentido, cabe interpretar como un “déjà vu”
[ya visto] la forma de hacer política del PSOE de Alfredo Pérez
Rubalcaba, gobernando con IU en Andalucía y aguantando la desmembración
del PSC catalán, donde el ex conseller de Educación Ernest Maragall
acaba de fundar el partido Nova Esquerra Catalana?
Agenda 2010 se bautizó a la cosa con la que Schröder y
Cía cambiaron el curso de la historia social en la cuna de la
socialdemocracia. Si la revolución conservadora del tándem Reagan &
Thatcher siguió el catón del neoliberalismo original, implementado sobre
la desregulación financiera, la privatización del sector público y la
igualación de oportunidades en la tributación (una discriminación
negativa), la que lideró el Partido Socialdemócrata Alemán para general
adoctrinamiento de la izquierda continental se basó en una actuación
directa sobre el contrato social, esa especie de consenso
capital-trabajo con que se selló el final de la Segunda Guerra Mundial,
sentando así los cimientos para la demolición controlada (por las
izquierdas gubernamentales) del aún emergente Estado de Bienestar (una
simple emulsión de la sociedad de consumo). Regresión de derechos y
libertades; reducción salarial; cambios a peor en los subsidios (de
paro, jubilación, dependencia, etc. ); mini-jobs (trabajos basura) y
otras embestidas antisociales (aumento del tiempo real de trabajo,
adelgazamiento de las cotizaciones empresariales, etc.) serían la marca
de la casa. La Agenda 2010, publicitada con el subtítulo Salida y
Renovación, llevó a la práctica por la izquierda la involución contra
las clases trabajadoras que la derecha de toda la vida jamás habría
podido ejecutar sin arriesgarse a una explosión social. Pero tanto la
revolución de los ricos como la involución de los pobres lo fueron desde
arriba, un ordeno y mando, y su objetivo final perseguía la refundación
del capitalismo y la resignación de los de abajo. Todo, y una vez más,
en nombre del sagrado crecimiento económico, la competitividad y la
eficiencia. Siempre bajo palio del Estado redentor. Gratis total.
Y de aquellos vientos proceden estos lodos. La crisis de
2008, que estalla en Estados Unidos sobre todo bajo versión “subprimes”
(titulización hipotecaria devaluada), en España y en la Unión Europea
(UE) lo hace a través de un mix que integra “subprimes” y estallido de
la burbuja inmobiliaria. Es decir, el crac viene de las políticas
reaccionarias aplicadas al alimón por derecha e izquierda, cimentadas
todas ellas en el poder avasallador del sistema bancario-financiero. Lo
que se ha conocido como “financiarización”. Una modalidad de estafa tipo
“esquema Ponzi”, solo que legalizada y cumplimentada por las redes
bancarias y su capacidad de crear ilusionante “dinero traído del
futuro”. Así, mientras en la gran Alemania el gobierno pedía sacrificios
a la población con la excusa de sufragar los costes de la reunificación
RDA-RFA, a nivel de toda la Eurozona el conjuro se invocaba para pillar
un boleto en la rifa de los hipotéticos beneficios de la globalización
monetaria.
Cuando la recesión se generalizó debido al
“decrecimiento” hostil de la economía productiva, seca de financiación
inversora por el drenaje del rescate bancario impuesto desde unas
instituciones a merced del capital financiero (el surtidor Godman
Sachs), el rostro del capitalismo se mostró en toda su crudeza. La
otrora conformista sociedad del consumo y del bienestar arrojaba una
alocada metáfora: mientras el paro, la miseria, el desamparo y la
exclusión se cebaban en millones de trabajadores y trabajadoras, la
minoría más adinerada y poderosa aumentaba su riqueza y la desigualdad
entre clases alcanzaba nuevas cimas. La economía de suma cero en un
contexto de dominación política oligárquica obraba en consecuencia. En
enero de 2013 la prensa traía datos reveladores: en el último año de la
crisis el empresario Amancio Ortega, el dueño de Inditex, considerado el
tercer hombre más rico del mundo, había aumentado su fortuna en un 31%
(16.800 millones de euros más), por contra Eurostat cifraba en 6,1
millones la cuantía de parados en España, a razón de 2.000 desempleados
por día.
La larga marcha de la revolución de los ricos estaba
dando sus frutos. Cumpliendo fases, objetivos y protocolos. Pasando de
la primera etapa diseñada bajo el prisma de la desregulación y la
privatización a ultranza, propia del eje anglo-norteamericano, a la que
se complementaba, ya en el perímetro eurocéntrico, incidiendo sobre la
plusvalía relativa (aumento de los ritmos y la productividad del
trabajo) y la absoluta (prolongación de la jornada laboral y/o reducción
del salario real). Eso en el contexto de una importante variación de la
composición orgánica del capital motivada la innovación tecnológica,
concretada en la minoración vía desregulación del capital variable
(fuerza de trabajo) respecto al capital constante (maquinaria/bienes de
equipo)) terminó de perfilar el escenario de la derrota sin paliativos
en que hoy se encuentra sumido el mundo del trabajo. España, uno de los
países más azotados por la crisis-paredón, pulveriza records en la zona
euro: el de mayor descenso de la presión fiscal; el más grande retroceso
salarial desde 1982; el tercer país en riesgo de pobreza con un 27% de
la población afectada; el de mayor número de presos por habitante y el
campeón en desigualdad social. No es la radiografía de una generación
perdida sino la de un país devastado por sus dirigentes.
Una debacle histórica que no se hubiera consumado sin el
papel estratégico desempeñado por la izquierda institucional, agente
indispensable para “consensuar” el vaciamiento del derecho laboral
(reforma laboral, contratos basura, mini-jobs, quiebra de la
ultraactividad, descuelgue de los convenios, empobrecimiento de los
subsidios de desempleo, agravamiento en las condiciones de jubilación,
cuestionamiento del salario mínimo, etc.). La soga en casa del ahorcado.
Porque, puestos en fuga los derechos sociales-laborales, que daban
seguridad jurídica al ciudadano-trabajador, y reconvertida la
Constitución en una camisa de fuerza contra la interpretación avanzada
del ejercicio de libertades y derechos, el universo circundante queda
amortajado por el derecho privado-mercantil, alfa y omega del
capitalismo. De ahí la escandalosa dualización empresarial vigente, que
hace cohabitar en los mismos negocios en crisis astronómicos salarios e
indemnizaciones de los directivos (sujetos a contrato privado) con
despidos de miseria y salarios jibarizados para los trabajadores (reos
de contratos laborales). Por no hablar de los costes de la deuda
soberana para reflotar a la banca-hampa, asumidos por los ciudadanos por
imperativo legal, que esclavizan su futuro como sociedad libre. Y todo
ello, con la pueril excusa, esgrimida por los tahúres de la crisis
-economistas, medios de comunicación, intelectuales de tres al cuarto,
políticos, sindicalistas y otros mercenarios del sistema-, sobre la
imposibilidad material de haber previsto lo que se venía encima.
Mentiras de destrucción masiva.
Hace ahora la friolera de dieciocho años, en una modesta
publicación editada y dirigida por quien esto escribe se podían leer
cosas como esta: “Asistimos, así, a una economía financiera
internacional progresivamente alejada del sector real, mucho más
lucrativa que él y cada vez más acusadamente centrada en sí misma,
olvidada ya su inicial función instrumental. Una economía en la que los
medios han devenido fines, que se ha convertido en una vasto casino”. O
como esta:”No es de extrañar que la inestabilidad característica del
sector financiero se haya trasladado al conjunto de la economía de forma
crecientemente acusada (...) Como resultado, la economía mundial ha
venido ineludiblemente ganando cotas de inestabilidad e inseguridad,
haciéndose más vulnerable ante incidencias inesperadas”. O como esta
otra: ”No es extraño tampoco el incremento patente del protagonismo en
los medios de comunicación de los grandes hombres de negocios ni el
esfuerzo en publicidad genérica -no centrada en productos-: el
vedettismo y la imagen influyen en el prestigio, y éste es fundamental
en una economía tan financiarizada como la actual” (El crack de la
economía real, Juan Antonio Moreno Izquierdo, Revista Trimestral CRISIS, Invierno 1994, págs 111-152).
Aunque es cierto que muchas personalidades en la alta
política no fueron capaces de intuir el terremoto que se avecinaba. El
mayor ignorante de todos fue sin duda Felipe González, patrón mayor de
nuestro socialismo dinástico, en su función de presidente del Grupo de
Reflexión creado en diciembre de 2007 para diseñar el futuro de la Unión
Europea. Dieciocho meses de trabajo y un informe de 46 páginas con
propuestas del Comité de Sabios bajo su dirección, y ni una sola
referencia de peso sobre la crisis humanitaria que se abatiría sobre la
zona a partir del año 2008. A no ser que el encargo del Consejo Europeo
al grupo de expertos buscara precisamente preparar a los ciudadanos
europeos para los sacrificios que se avecinaban. Resulta curioso que la
principal recomendación de los sabios fuera una llamada a “refundar
Europa” en un contexto de intenso tufo neoliberal con sentencias como
“Llevamos 15 años de retraso en reformas”.
Es “El nuevo espíritu del capitalismo”
(Luc Boltanski y Eve Chapiello) el que ha entrado en escena con la
globalización. Pero su “representación” durante la crisis mediante la
revolución de los ricos es consecuencia de una causa común, la
perpetrada por derecha y izquierda desde el poder del Estado. El
artefacto Estado que, según afirmaba Marx en el 18 Brumario, “se
inmiscuye, controla, regula, supervisa y ejerce la tutela de la sociedad
civil, desde sus más amplias manifestaciones de la vida hasta sus más
insignificantes movimientos, desde sus modos más generales de ser hasta
la existencia privada de los individuos”. Eso explicaría el curioso
hecho de que estos supuestos adversarios ideológicos, falsos servidores
públicos sobre el papel, terminen cohabitando en nombre de la razón de
Estado. Un potente alucinógeno que es capaz de juntar en un mismo
proyecto de expolio y saqueo a reaccionarios de tomo y lomo como Reagan y
Thatcher junto a “uno de los nuestros” como el canciller Gerhard
Schröder y Joaquín Almunia, ex secretario general del PSOE y capataz de
“los hombres de negro” de la UE en su determinante papel como comisario
de Asuntos Económicos y Monetarios (2004-2010) y Vicepresidente de la
Comisión Europea y Comisario de Competencia (de 2010 a la actualidad;
antes fue Mario Monti) al servicio de los mercados.Y hasta de crear
escuela, patrocinando el perfecto político total, capaz de encarnar a la
derecha y a izquierda al mismo tiempo. Lo acaba de bordar el director
de la Fundación Ideas, Carlos Mulas, ex subdirector de la Oficina
Económica de La Moncloa en la etapa de Rodxríguez Zapatero. Desde ese
organismo subvencionado, presidido ahora por Alfredo Pérez Rubalacaba,
ha hecho compatible liderar la factoría de iniciativas del primer
partido de la oposición, encargada de dotar de munición ideológica al
PSOE para combatir las medidas neoliberales del gobierno del PP, y ser
el coautor del último Informe del FMI sobre Portugal que recomendaba al
gobierno conservador del país vecino nuevos y aún más duros recortes en
Sanidad y Educación, así como la expulsión de 120.000 funcionarios,
bajar el salario mínimo y reducir las prestaciones de desempleo y
jubilación.
Por eso la insurgencia desde abajo del 15M supone un
trallazo en el corazón del sistema y un arma social cargada de futuro.
Su extraordinario coraje cívico está desmontando ese sublime sarcasmo de
una economía centrada en la falacia de mercados autónomos
(autorregulados) en el contexto de una democracia basada en la
heteronomía de las personas (no autorreguladas sino representadas). ¡¡No
nos representan!!
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